LA CASA DE LA TROYA. (1915), Alejandro Pérez Lugín

I.

“EL MAYORAL, UN hombre pequeño y obeso, de profundas y multicolores patillas, salió de la Administración de diligencias con una gran cartera de viaje, que colgó del torno del enorme cocherón, y luego, volviendo a cruzar entre la gente que rodeaba a la Carrilana, dio el sacramental grito:

–¡Al coche!

En los grupos que cercaban la diligencia hubo un gran revuelo, como dicen los periódicos que ocurre en el Congreso los días de crisis. Los que partían apresuraron las despedidas y fueron penetrando en el coche resignados a las siete horas de prensa que les aguardaban.

Eran los viajeros, en su mayoría, estudiantes que iban a buscar en las aulas compostelanas la ciencia que había de hacer de ellos, andando el tiempo, quietos boticarios, grandes médicos o pequeños rábulas. Aunque contrariados por el punto final que habían tenido que poner a las alegres vacaciones veraniegas, ninguno estaba triste. Todos disponíanse a continuar, a la sombra de los sillares santiagueses, los días de “troula” del estío.

Ajeno por completo al bullicio de los que iban a ser sus compañeros de estudios, Gerardo dejóse tragar por la estrecha berlina de tres asientos. Nadie había ido a a despedirle ni le conocía en La Coruña, donde apenas permaneciera veinticuatro horas, y, sin embargo, sentía tanta tristeza al salir de la risueña ciudad como si allí hubiese pasado toda la vida…”

(Comienzo de La casa de la Troya)

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