MUJERES DE NEGRO. (1994), Josefina R. Aldecoa

I. Los vencidos

“LOS PRIMEROS DISPAROS, atravesaron el mirador de lado a lado. Fue un solo tiro limpio que abrió un agujero redondo en uno de los cristales laterales y salió por el otro dejando el mismo hueco: un vacío circular rematado por grietas diminutas.

La abuela dijo: “Si hubiera estado alguien asomado, le atraviesa.” Pero no estaba nadie. Nadie se atrevía a correr ese riesgo porque se decía que había tropas patrullando la calle y al menor movimiento tras las ventanas disparaban al aire para asustar. En algunos casos no tan al aire, como demostró durante mucho tiempo el doble agujero de nuestro mirador. Todo esto ocurría en los primeros días de la guerra civil, recién llegadas a la ciudad y a aquel piso cercano a la avenida donde nos habíamos instalado después de enterrar a mi padre. El piso era espacioso y tenía hasta cuarto de baño. “Un lujo”, le oí decir a mi madre- “Y tan barato”, dijo la abuela.

“Lujo” y “barato” eran dos palabras que yo no podía entender pero me sonaban ya a contrapuestas y por tanto era extraño que surgieran unidas para explicar la misma situación.

Sin embargo no era tan raro porque el piso era una especie de regalo que nos había proporcionado la única persona de nuestro entorno que tenía algo que dar: Eloísa, la hija de don Germán, el alcalde republicano de Los Valles que había muerto fusilado al lado de mi padre el 18 de julio de 1936…”

(Comienzo de Mujeres de negro)

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