Sidi

“–Bajo pena de vida, nadie se detendrá a coger botín hasta que todos los moros, insisto, todos los moros, estén muertos o prisioneros… ¿Se me entiende bien?

–Es pena de vida –repitió Minaya, que también miraba a los hombres–. Se ha entendido perfectamente.

Dirigió otro vistazo a su derecha. Ya con el cuerno de guerra en las manos, su sobrino Félez lo miraba tenso en la silla, los ojos desorbitados bajo el yelmo, como si mirase a Dios.”

Solo el correoso Diego Ordóñez, suspicaz como siempre, seguía dirigiendo torvas ojeadas de soslayo a cuanto moro armado se cruzaba en su camino.

–Me cago en Tariq y en Muza –gruñía entre dientes–. Y en la laguna de La Janda.”