Los herminios

Los herminios se dirigieron en su retirada a las comarcas de los calaicos, célebres por su valor, quienes les otorgaron asilo en la floreciente y populosa Erizana, hoy Bayona, orillas del encantado golfo de la moderna Vigo.

El tenaz romano corrió a aquellas playas, y a su aproximación pasaron los herminios el mar y se refugiaron en las Islas Cíes; última y desesperada tentativa en sus difíciles circunstancias.

¡Con qué enojo contemplaría César aquellos ásperos peñones que guardaba el Atlántico, oyendo tal vez entre el eco de las rompientes la voz de alegría de los enemigos!

Harto ligero el pretor, hizo embarcar a los suyos en las débiles naos de cuero y mimbre de nuestros mayores, y les ordenó el exterminio de los lusitanos que desafiaban sus iras enfrente de Erizana.

Saltaron las cohortes en tierra; pero los herminios, protegidos por sus magníficas posiciones y alentados por la venganza, acometieron tan valerosamente a los romanos, que estos huyeron arrollados a la playa, para salvarse atravesando de nuevo el océano.

¡Ay! las furibundas olas que revientan en los flancos de las islas habían alejado o sumergido las barcas de los temerarios!…

Horrible fue la represalia que hicieron los herminios: un solo romano, Publio Esceva, se salvó del sangriento desquite, lanzándose a nado desde las Cíes a Bayona.

César, fuera de sí, juró acabar con el último herminio, y tuvo la constancia de esperar en Erizana por su escuadra que estaba en Cádiz.

Le envió orden de que viniese a Galicia; y ya aquí sus buques, pensó en el ataque de las Islas Cíes, las bloqueó y pudo cumplir su juramento, haciendo con los herminios por el hambre lo que no hizo por la espada.

Sidi

“–Bajo pena de vida, nadie se detendrá a coger botín hasta que todos los moros, insisto, todos los moros, estén muertos o prisioneros… ¿Se me entiende bien?

–Es pena de vida –repitió Minaya, que también miraba a los hombres–. Se ha entendido perfectamente.

Dirigió otro vistazo a su derecha. Ya con el cuerno de guerra en las manos, su sobrino Félez lo miraba tenso en la silla, los ojos desorbitados bajo el yelmo, como si mirase a Dios.”

Solo el correoso Diego Ordóñez, suspicaz como siempre, seguía dirigiendo torvas ojeadas de soslayo a cuanto moro armado se cruzaba en su camino.

–Me cago en Tariq y en Muza –gruñía entre dientes–. Y en la laguna de La Janda.”