LA CARAQUEÑA DEL MANÍ. (2007), José Luis Muñoz



“La mujer entra en el blumer de un color amarillo chillón y bien pequeñito. Creo que quizá escogiera el color por lo achocolatado de su piel, por el perímetro de su nalga que el tono realza. Y luego manipula, de espaldas, el cierre del sujetador.
–¿Te vas?
–Claro, mi amol. Me esperan en la tienda. ¿Sabes qué hora es?
Por supuesto que no lo sabía. Entraba mucha luz por la ventana de mi apartamento, a dos cuadras del Paseo de Las Mercedes, en el barrio de Chuaco, Caracas. La luz se colaba, a diario, por la ventana, cuya persiana me resistía a bajar, a las seis de la mañana, y a las siete ya lucia un sol espléndido que te invitaba a ir a la playa. Desde esa ventana, que era realmente un cuadro, tenía una visión perfecta del Monte Ávila, esa hermosa ubre de selva que separaba la capital del mar y que lucía la construcción de un hotel fantasma que nunca había funcionado como tal pero que se conservaba en perfecto estado para convenciones, reuniones secretas y otras martingalas, unido a la metrópoli por el cordón umbilical de un funicular colgado en el vacío: realismo mágico. Era tarde, por supuesto, tardísimo, y ya rebufaba en las calles el tráfico endemoniado que definía la ciudad, los ires y venires de las ambulancias que hacían sonar sus sirenas sin que la circulación se apaciguara, se abriera, los cláxones inútiles de los coches, que era la melodía cotidiana de una urbe frenética enclavada en el trópico que quería ser norteamericana y año tras año estaba más lejos de serlo.
–¿Un poco de cafecito?
–Que tengo prisa, es tarde.
Tomé una mano al azar. Siempre me habían fascinado las palmas blancas de las negras, ese trozo de piel que evidenciaba lo absurdo del racismo, que ellos eran blancos tostados por millones de años de sufrir el sol sobre sus pieles que también había rizado el cabello de sus cabezas. Fue la caricia de mis dedos lo que la convenció, el suave roce de mi yema sobre un muslo ancho que todavía no había cubierto el pantalón estrecho que iba a ceñir toda esa carne excelsa que me había deleitado toda la noche. Pero estaba muy borracho entonces para estar seguro de ello. Muy borracho de roncito, de guaracha, de ver el bailoteo frenético de las negras y los negros en el Maní, frotándose el pubis descaradamente, haciendo casi el amor en público, sobre la pista de baile, con la excusa del son cubano para luego despedirse con un casto besito en la mejilla. ¡Caribe!”

(Comienzo de La caraqueña del Maní)

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