EL SENDERO DE LOS NIDOS DE ARAÑA. (1946), Italo Calvino

“PARA LLEGAR HASTA el fondo del callejón, los rayos del sol tienen que bajar verticalmente, rasando las paredes frías, separadas por los arcos que cruzan una franja de cielo de color azul cargado.
Bajan derechos los rayos del sol, rozando las ventanas distribuidas al azar, las viejas ollas con plantas de albahaca y orégano en los antepechos, las combinaciones tendidas en las cuerdas, hasta las gradas de cantos rodados, con una cuneta en el medio para la orina de las mulas.
Basta un grito de Pin, el grito con que inicia una canción levantando la nariz, desde el umbral del taller, o el que lanza antes de que la mano de Pedroflaco, el remendón, caiga sobre su cabeza, para que de las ventanas nazca un eco de recriminaciones e insultos.
–¡Pin! ¡A esta hora empiezas a mortificarnos! Pin, a ver si nos cantas algo… Pin, pobrecito, ¿qué te hacen? ¡Pin, hocico de macaco, ojalá se te seque la voz en la garganta! ¡A ti y al ladrón de gallinas de tu amo! ¡A ti y al colchón de tu hermana!…
Pero Pin ya está en mitad del
carrugio, con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta demasiado de hombre para él, y los mira uno por uno, sin reírse:
–A ver, Celestino, calla un poco. ¡Qué buen traje llevas! Dime, ese robo de paños en los Muelles Nuevos, eh, ¿todavía no se sabe quién fue? Bueno, no tiene nada que ver. Chao Carolina, menos mal que aquella vez. Sí, aquella vez menos mal que tu marido no miró debajo de la cama. Y tú, Pascá, me dijeron que ocurrió en tu pueblo. Sí, que Garibaldi os llevó jabón y tus paisanos se lo comieron. Comejabón, Pascá, joder, ¿sabéis cuánto cuesta el jabón?
Pin tiene una voz ronca de niño viejo: dice cada frase en voz baja, serio, y de pronto estalla en una carcajada en
i que parece un silbido, y las pecas rojas y negras se le apretujan alrededor de los ojos como un vuelo de avispas.
Antes de burlarse de Pin hay que pensarlo dos veces: conoce todo lo que pasa en el
carrugio y nunca se sabe con qué va a salir. De la mañana a la noche desgañitándose con canciones y gritos, mientras en el taller de Pedroflaco la montaña de zapatos rotos está por sepultar el banco de zapatero y desbordar hasta la calle.
¡Pin! ¡Macaco! ¡Hocico sucio! –le grita alguna mujer–. ¡Si me remendaras las chancletas en vez de estar ahí mortificándonos todo el día! Hace un mes que las tenéis en el montón. ¡Ya se lo diré a tu amo, cuando lo suelten!
Pedroflaco se pasa la mitad del año en la cárcel porque ha nacido desgraciado y cuando hay un robo en los alrededores acaban siempre por encerrarlo a él. Vuelve y ve la montaña de zapatos rotos y el taller abierto, sin nadie. Entonces se sienta delante de su banco, coge un zapato, le da una vuelta, le da otra, vuelve a arrojarlo al montón; después se toma la cara peluda entre las manos huesudas y maldice. Pin llega silbando, todavía no sabe nada: y ahí se encuentra delante de Pedroflaco con las manos levantadas en el aire y las pupilas bordeadas de amarillo y la cara negra de barba incipiente como pelo de perro. Grita, pero Pedroflaco ya lo tiene cogido del cabello y no lo suelta; cuando se cansa de pegarle lo deja en el taller y se va a la taberna. Ese día nadie vuelve a verlo.
Por la noche, cada dos días, a casa de la hermana de Pin va el marinero alemán. Pin espera a que suba por el
carrugio para pedirle un cigarrillo; los primeros tiempos era generoso y le regalaba hasta tres, cuatro a la vez. Burlarse del marinero alemán es fácil porque no entiende y mira con esa cara cuajada, sin contornos, afeitada hasta las sienes. Cuando se marcha, le puedes hacer bromas por detrás, seguro de que no se volverá; es ridículo visto de espaldas, con las dos cintas negras que le bajan de la gorra marinera hasta el trasero descubierto por la chaqueta corta, un trasero carnoso, de mujer, con una gran pistola alemana.
–Rufián… Rufián… –le dicen a Pin desde las ventanas, en voz baja, porque con esa gente es mejor no bromear.
–Cornudos… Cornudos –responde Pin remedándolos y llenándose de humo la garganta y la nariz, humo todavía áspero y acre para su garganta de niño, pero hay que tragar, no se sabe bien por qué, hasta que le lagrimean los ojos y tose con rabia. Después, con el cigarrillo en la boca, ir a la taberna y decir–: Joder, al que me pague un trago le cuento algo que me va a dar las gracias..
.”


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