MEMORIAS DE UN FRANCOTIRADOR EN STALINGRADO

 

Memorias de un francotirador en Stalingrado, de Vasili Záitsev.

NUESTRA FUERZA AÉREA SOLO PODÍA SALIR por las noches, y aun entonces solo con unos biplanos de contrachapado lentos como las últimas gotas de té del samovar. Esos ruidosos biplanos nos lanzaban provisiones, volaban en círculos y bombardeaban a los alemanes y a sus aliados.

Su lentitud los convertía en blanco fácil para los soldados de tierra. Los tiradores enemigos podían apuntar contra ellos guiándose simplemente por el ruido. Sus pilotos eran mujeres jóvenes, valientes muchachas soviéticas. Los nazis habían logrado derribar varios aviones que habían ido a estrellarse en el sector de los rumanos. Los informes decían que los rumanos violaban y torturaban a las pilotos soviéticas que hacían prisioneras. No es difícil adivinar que manteníamos los cuchillos bien afilados para cuando llegara el momento de caer sobre los rumanos. No veíamos la hora de enfrentarnos a ellos. Y ahora esos bodoques corrían hacia nosotros, profiriendo gritos como si con ello pudieran atemorizarnos y provocar nuestra rendición.

Huelga decir que fueron muy pocos los rumanos que volvieron a su base aquel día. La sagrada estepa rusa fue abonada con sus cuerpos.

                      p. 61

 

 

Maldije a nuestro departamento médico por no habernos suministrado pastillas de Benzedrina para mantenernos despiertos en situación de emergencia. Estoy convencido de que no hay peor tortura que privar del sueño a una persona.

Me mordí la lengua con tal fuerza que el agudo dolor me despertó como si me hubieran arrojado un cubo de agua fría. Percibí un líquido salado en la boca, y caí en la cuenta de que era mi propia sangre. Escupí, y Masáiev se volvió hacia mí.

–Caramba, jefe, escupes igual que un camello.

–No es nada –dije.

–Yo me he hecho unos cortes en el brazo –confesó Masáiev.

–¿Funciona? –pregunté.

–Me han ayudado a mantenerme alerta –respondió. Masáiev levantó el brazo para mostrarme los pequeños cortes que se había hecho–. He afilado mi fiel cuchillo finlandés solo para esto.”

                      p. 94

 

 

 

Pasaron unos minutos más y, de pronto, en la trinchera alemana apareció una cabeza. Disparé al instante. El casco del nazi salió volando. Todo quedó de nuevo en silencio. El caso aterrizó en lo alto del terraplén. En el interior de la trinchera, cada pocos segundos se veía una pala; el nazi que quedaba estaba cavando para ganar profundidad.”

                     p. 180

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