ESCUPIRÉ SOBRE VUESTRA TUMBA

 

–¿CUÁNTO TIEMPO HACE QUE ESTÁ USTED aquí?

–Cinco años –respondió–. Y me quedan cinco más.

–¿Y después, qué?

–Es usted curioso, ¿eh?

–Culpa suya. ¿Por qué me cuenta que le quedan cinco años? Yo no se lo he preguntado.

 

[…] El bar de Ricardo era un bar como todos, limpio y feo. Olía a cebolla frita y a buñuelos. Un tipo cualquiera leía el periódico distraídamente detrás de la barra.

–¿Qué les pongo? –preguntó.

–Dos bourbons — pidió Hansen, interrogándome con la mirada.

Asentí.

El camarero nos los sirvió en vaso largo, con hielo y pajita.

–Lo tomo siempre así –me explicó Hansen–. Pero no se sienta obligado.

–Está bien –le tranquilicé.

Quien no haya bebido nunca bourbon helado con pajita no puede imaginarse el efecto que hace. Es como un chorro de fuego que llega hasta el paladar. Fuego dulce, terrible.

–¡Excelente! –aprobé.

Mis ojos tropezaron con mi cara reflejada en un espejo. Parecía completamente ido. Llevaba algún tiempo sin beber. Hansen se echó a reír.

–No se preocupe –me dijo—. Por desgracia, uno se acostumbra en seguida. En fin… –prosiguió–, tendré que poner al corriente de mis manías al camarero del próximo bar al que vaya a abrevarme…

 

Escupiré sobre vuestra tumba, de Boris Vian.

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