El último tango en París

“–QUERÍA DECIRTE QUE dentro de una semana me voy a casar contigo.
–¡Vaya novedad!
–Por supuesto, depende de ti.
–¿Y de ti?
–Yo ya lo he decidido –dijo él–. Todo está preparado…
–Oh!, Tom, todo esto es tan extraño. Me parece imposible.
–La toma no está saliendo bien. Las manos me tiemblan de la emoción.
Ella empezó a mecerse y a levantar los pies cada vez más altos.
–Todavía no me has contestado –dijo él.
–Porque no lo comprendo.
Jeanne tenía el rostro muy ruborizado y esbozaba una sonrisa ancha que no se comprendía. Miró a su alrededor, el canal, el capitán que guardaba sus porquerías en unas cajas, las casas que se alineaban en la orilla, el vuelo sincronizado de un par de palomas, y no se pudo concentrar en nada concreto. Lentamente la hamaca se detuvo.
–¿Pues bien? –preguntó Tom–. ¿Sí o no?
Una traza de ansiedad cruzó el rostro de Jeanne; pasó los brazos por el cuello de Tom.
–Deja de filmar –susurró–. Se supone que me casaré contigo y no con la cámara.
Tom levantó un viejo salvavidas y, en celebración, lo arrojó a las aguas del canal. Para su mutua sorpresa, se hundió rápidamente.”

p. 74-75

El último tango en París, novelización de Robert Alley.

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