LA MIRADA DEL OTRO. (1995), Fernando G. Delgado

“NO SE OYÓ ni el ruido de la puerta. Daniel, como quien se asoma a ver qué pasa con la certidumbre de lo que pasa, apareció sin más en nuestra alcoba. Mentiría si siguiera sosteniendo que creí que él viajaría a Londres ayer tarde. Además, pude haber conseguido la confirmación del viaje con sólo llamar a su estudio. No lo hice. Daniel sabía lo que iba a pasar y creo que yo también lo intuía. Por eso no me sorprendí. Cuando él entró, yo estaba desnuda sobre la cama, medio sentada entre los almohadones, con las piernas abiertas, y sólo se me ocurrió tomar la pequeña toalla que tenía a mi alcance para cubrirme. Apenas me miró: fijó su vista en Ignacio. Tanto que Ignacio, como si en lugar de una mirada hubiera recibido de Daniel la amenaza contundente de un arma de fuego, agravó su torpeza para vestirse, atolondrado, no bien abrochada aún la camisa, con los calcetines puestos y recogiendo aprisa y con terror sus largos calzoncillos de la alfombra. Se encogió de hombros, disculpándose, como quien dice “son cosas de la vida” o quien sabe si, hablando para sus adentros, con una resonancia de bolero y un resabio de inevitable orgullo machista, “a ti te tocó perder”. Me entró la risa. Daniel exageró más la mirada atenta con una agresividad que en él parecía prestada y que, al menos yo, no le había conocido antes en ninguna otra situación. Estaba cumpliendo, con la escrupulosa perfección y la maniática minucia a la que era dado, la ceremonia del marido ofendido…”

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