ALÍ EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS. (2003), Alberto Vázquez-Figueroa

“NADA EN CUANTO alcanzaba la vista.
Arena y piedras.
Sucios matojos y de tanto en tanto, como señales que pretendieran marcar el camino, alguna que otra acacia esquelética, tan idéntica a otras muchas esqueléticas acacias que en realidad era lo que más confundían al viajero que lo que ayudaban a encontrar el rumbo.
Y así hora tras hora.
Sol y polvo.
Ni tan siquiera la arena, en exceso pesada, conseguía elevarse a más de un metro del suelo y ese polvo demasiado blanco, como harina recién cernida, se adueñaba del mundo, cubría las acacias y matojos, e incluso cubría los descarnados cadáveres de las bestias que habían muerto de sed en mitad de la desolación más espantosa.
El vehículo avanzaba como entre sueños o tal vez, nadie podría saberlo con exactitud, más bien retrocedía.
Llevaba días vagando de aquí para allá y sus ocupantes tenían plena conciencia de que lo único diferente que habían conseguido descubrir en aquel tiempo eran sus propias huellas cuando en infinitos giros volvían a tropezar con ellas. “

(Comienzo de Alí en el país de las maravillas)

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