EL APAGÓN. (1979), Arthur Hailey


“¡Calor!
Calor sofocante en capas como mantas. Calor que cubría a toda California desde la árida frontera con México, en el sur, hasta los majestuosos bosques Klamath, entrando ya hacia el norte, en Oregón. Calor opresivo y enervante. Cuatro días atrás, una faja de máxima depresión termal seca de mil quinientos kilómetros de longitud y quinientos de ancho, pesaba sobre el Estado como una gallina clueca. Esa mañana, un miércoles de julio, se esperaba que un frente del Pacífico empujara la depresión hacia el este y dejara entrar un aire más fresco, con chaparrones en la costa norte y en las montañas. Pero a la una del mediodía, en California todavía se sofocaban bajo temperaturas que iban de los treinta hasta bien pasados los treinta y ocho grados centígrados, sin que se avistara ningún alivio.
En ciudades y suburbios, en fábricas, oficinas, tiendas y casas, zumbaban seis millones de acondicionadores de aire. En miles de granjas, en el fértil Valle Central –el complejo agrícola más rico del mundo– , ejércitos de bombas eléctricas chupaban el agua de profundos pozos y la enviaban a la hacienda sedienta y a las plantaciones resecas, cereales, vides, cítricos, alfalfa, melones, y cientos más…”

(Comienzo de El apagón)

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